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Un informe del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) hecho público recientemente revela que en 2008 hubo una disminución del 28% en la mortalidad infantil. Murieron 8,8 millones de niños menores de 5 años, frente a los 9,2 millones de 2007 o los 12,5 millones que fallecieron en 1990. En palabras de la directora ejecutiva de UNICEF, Ann Veneman, comparado con 1990, cada dia mueren unos 10.000 niños menos en el mundo. Este avance se debe fundamentalmente a la implantación de políticas sanitarias específicas como el establecimiento de programas de vacunaciones o de reducción de la transmisión del virus del sida de madres a hijos. Por supuesto, la mayoría de estas muertes (un 99%) se produce en países pobres, especialmente en el África sub sahariana y el sur de Asia. Los autores del informe concluyen que existe evidencia, por lo tanto, para creer que la aceleración en la supervivencia infantil podría ya estar en marcha.

Una buena noticia, sin duda. Pero no es -ni muchísimo menos- todo lo buena que debería ser: todavía mueren 8,8 millones de niños al año, 24.100 cada día, 16 cada minuto. Son demasiados. Es inadmisible que todavía tengamos que soportar esta hemorragia de muertes en niños menores de 5 años. Al hablar de estas cifras no puedo evitar recordar que Stalin dijo en una ocasión que una única muerte es una tragedia, un millón de muertes es una estadística. Seguramente por este motivo ya apenas nos impresiona escuchar este vértigo de cifras, porque no se trata de niños, sino de meras estadísticas. No nos equivoquemos, no son estadísticas, son niños; niños de carne y hueso, niños como los que nosotros conocemos, como los nuestros, como nuestros hijos, hermanos, amigos o sobrinos; niños que vienen al mundo soportando sobre sus frágiles hombros la culpa de nacer en el sitio inadecuado en el momento inapropiado. Y lo más triste es pensar cual es la principal causa de esta mortalidad: el hambre. Hemos conseguido mejorar las condiciones sanitarias, disminuyendo la incidencia de las enfermedades más dañinas para, después de todo, dejar que mueran de hambre.

No buscamos remover conciencias, creando sentimientos de culpabilidad ante el drama; lo que esperamos es provocar reacciones. Es una tarea difícil y de inciertas posibilidades de éxito, lo sabemos, pero si conseguimos una mínima reacción, se habrá dado un paso. Cualquier aporte, ayuda o colaboración, por nimia que sea, puede ayudar a salvar una vida. Tú decides; todo dependerá del valor que tenga para ti la vida de un niño.

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Por Miguel de Luis Espinosa

Os acordaréis del Titanic. La historia es muy conocida y la moraleja parece de cuento. El barco insumergible se estrella con un traidor iceberg y cuando la gente intenta salvarse en los botes salvavidas no hay para todos.

Los botes salvavidas nunca hubieran tenido que hacer falta. Con no tratar de batir un récord de velocidad el barco se hubiera salvado. Tan fácil como eso.

Mirad, la solución a los huérfanos no es el orfanato. Es poder seguir viviendo con su familia. O, a falta de ésta, encontrar otra. Tendríamos que hacer muchas cosas bonitas antes que los orfanatos. Como arreglar la economía, acabar con el hambre y alcanzar la paz universal. Pero mientras tanto, vamos a seguir necesitando botes salvavidas. Vamos a seguir necesitando orfanatos u otro tipo de programa equivalente.

De lo contrario, ¿sábeis lo que va a pasar? En el caso del Titanic la gente se ahogaba o moría congelada. En cuanto a los niños, bueno: Si la institución no es buena se lanzarán a la calle. Para vivir y buscarse la vida allí.

De las historias que me han contado niños de la calle recuerdo varias que pasaban por algún tipo de institución. Eran relatos muy parcos en detalles, vagos, como de quien está ocultando algo. La cabeza solía estar mirando al suelo, la mirada esquivaba mis ojos y tenía que ensachar mis orejas para poder oirles. Y algo no debería estar bien para acabar durmiendo entre insectos y oscuridad. Quien haya visto “Los niños de la estación Leningradsky“, quizás pueda comprender de que hablo.

También, hay otros niños que se quedan en instituciones malas. La mayoría, por lo que tengo entendido. Pero las perspectiva al salir de una mala institución suelen ser un circulo vicioso de marginación, paro y cárcel.

Y a veces, lo único que necesita una personita es otra persona que realmente le importe. Alguien como tu, o incluso alguien tan poca cosa como yo.

Es que no piden mucho. ¿Habéis visto a un niño durmiendo con un balón como si fuera un osito? A lo mejor no, porque estamos acostumbrados a niños que, en realidad, le sobran cosas. Bueno, yo sí lo he visto, y me siento muy feliz por ello. Ese balón, lamento comunicarlo, cuesta pasta.

¿Estoy siendo demasiado directo para tu gusto? Para el mío también, pero se siente. Los del Titanic decidieron ahorrar en botes salvavidas y ya vés. Es que en Shushkovo, por ejemplo tenemos unos cuantos niños que ayudar. Y no podemos solos, ¿nos ayudas?

Foto Cortesía

Miguel de Luis Espinosa es escritor, filósofo, voluntario y poeta. Colaborador habitual de la Asociación Nadieshda e “hincha” oficial del equipo de esta ONG. Puedes leer más sobre él en su blog: Sabiduría y Vida.