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Agricultores regando con leche
Recientemente ha sido noticia de portada: LOS GANADEROS BELGAS RIEGAN CON LECHE. En protesta por los bajos precios de la leche, ganaderos belgas tiraron ayer tres millones de litros en un campo de cultivo. Es la cantidad que produce a diario la región de Valonia. / Reuters. El motivo de la protesta es el precio que reciben los ganaderos por la leche, muy inferior a los costes de producción, según informan los productores. El mismo día podemos leer otra noticia, de muy distinta índole, aunque relacionada: El número de hambrientos [en el mundo] supera por primera vez los mil millones. La relación entre ambas noticias viene dada por la materia de la que ambas tratan: alimentos. Pero el significado en sus contenidos es totalmente contrapuesto; mientras que la primera habla del inútil derroche de alimentos la segunda nos da cuenta de la carencia de ellos y de sus terribles consecuencias.

No está en mi ánimo desligitimar a los ganaderos de su derecho a la búsqueda de condiciones de vida, de trabajo, dignas. Todos aspiramos a vivir cada vez más y mejor, para lo cual necesitamos que nuestro trabajo sea productivo y nos permita mantener nuestras necesidades básicas (y quizá las no tan básicas) cubiertas. Y tampoco es mi intención minimizar las dificultades que actualmente atraviesan distintos sectores empresariales. Pero cuando hay millones –más de mil millones- de seres que pasan hambre, ciertas formas de protesta adquieren un carácter que trasgrede la inmoralidad, por no decir que son claramente indecentes.

La situación de los hambrientos en el mundo es cada día mas grave; a la ya precaria situación en la que se encuentran se suma el hecho de que, debido a la crisis que atravesamos, las donaciones a los países pobres han disminuído a niveles de hace 20 años. En palabras de Josette Sheeran, directora del Programa Mundial de Alimentos (PMA), una receta para el desastre. Con menos del 1% de lo que los países ricos hemos invertido en ayudas a los sistemas financieros se podría solucionar la hambruna, no solo puntualmente, sino posibilitando el establecimiento de planes a largo plazo. En estas condiciones, el derroche inútil de cualquier tipo de recurso es una de las ofensas más graves que podemos hacer a quienes pasan hambre. Es terrible vivir en una situación de necesidad; espero que estas noticias no lleguen a quienes la padecen, porque ¿que sentirían sabiendo que están muriendo de hambre mientras nosotros dilapidamos alimentos?

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Un informe del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) hecho público recientemente revela que en 2008 hubo una disminución del 28% en la mortalidad infantil. Murieron 8,8 millones de niños menores de 5 años, frente a los 9,2 millones de 2007 o los 12,5 millones que fallecieron en 1990. En palabras de la directora ejecutiva de UNICEF, Ann Veneman, comparado con 1990, cada dia mueren unos 10.000 niños menos en el mundo. Este avance se debe fundamentalmente a la implantación de políticas sanitarias específicas como el establecimiento de programas de vacunaciones o de reducción de la transmisión del virus del sida de madres a hijos. Por supuesto, la mayoría de estas muertes (un 99%) se produce en países pobres, especialmente en el África sub sahariana y el sur de Asia. Los autores del informe concluyen que existe evidencia, por lo tanto, para creer que la aceleración en la supervivencia infantil podría ya estar en marcha.

Una buena noticia, sin duda. Pero no es -ni muchísimo menos- todo lo buena que debería ser: todavía mueren 8,8 millones de niños al año, 24.100 cada día, 16 cada minuto. Son demasiados. Es inadmisible que todavía tengamos que soportar esta hemorragia de muertes en niños menores de 5 años. Al hablar de estas cifras no puedo evitar recordar que Stalin dijo en una ocasión que una única muerte es una tragedia, un millón de muertes es una estadística. Seguramente por este motivo ya apenas nos impresiona escuchar este vértigo de cifras, porque no se trata de niños, sino de meras estadísticas. No nos equivoquemos, no son estadísticas, son niños; niños de carne y hueso, niños como los que nosotros conocemos, como los nuestros, como nuestros hijos, hermanos, amigos o sobrinos; niños que vienen al mundo soportando sobre sus frágiles hombros la culpa de nacer en el sitio inadecuado en el momento inapropiado. Y lo más triste es pensar cual es la principal causa de esta mortalidad: el hambre. Hemos conseguido mejorar las condiciones sanitarias, disminuyendo la incidencia de las enfermedades más dañinas para, después de todo, dejar que mueran de hambre.

No buscamos remover conciencias, creando sentimientos de culpabilidad ante el drama; lo que esperamos es provocar reacciones. Es una tarea difícil y de inciertas posibilidades de éxito, lo sabemos, pero si conseguimos una mínima reacción, se habrá dado un paso. Cualquier aporte, ayuda o colaboración, por nimia que sea, puede ayudar a salvar una vida. Tú decides; todo dependerá del valor que tenga para ti la vida de un niño.